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Cae la noche de finales de verano sobre la pequeña ciudad de Cronqvist; ésa noche oscura y confusa en la que las oscuras nubes tapan la luna llena, y en la que el frenético relámpago y el clamor ensordecedor del trueno disimulan la lluvia copiosa que se precipita sobre el suelo, furiosa y agresiva, como ya nunca lo hará ni siquiera en lo más crudo del invierno.
Es la noche en la que todas la personas se encierran en sus casas, echando pesados pestillos tras la madera; acuestan a sus hijos y encienden velas antes de sumirse en un silencio expectante, roto sólo por el estruendo de la tormenta, mientras en su interior rezan para que la naturaleza acalle su furia y puedan ver el Sol salir de su escondite al día siguiente.
La noche en la que los niños lloran, pues sienten aunque no comprenden la angustia que en sus seres cercanos genera la furia desatada de los elementos.
La noche en que los niños miran a través de la ventana al cielo encolerizado, los terribles relámpagos iluminando durante segundos completos el interior de sus oscuras habitaciones, dibujando sombras largas y fugaces que tienen la facultad de aterrorizar; el viento cortante e insistente moviendo lentamente las cortinas mientras recorre la noche, el sonido de la lluvia aderezando extrañas escenas con una música tétrica que se graba en el fondo de la mente mientras se desata la fantasía.
El joven niño de los Awlser llora, desde su cuna, y es un sonido que la tormenta apaga e impide llegar al piso de abajo donde sus padres se miran en silencio, como si la vigilia expectante fuese a evitar que la tormenta les fuese a derribar encima la casa. En sus ojos se dibujan sombras; a través de la ventana la luz de los rayos le muestra un contorno que su más tierna infancia no sabe reconocer como una ilusión generada por la noche. Los monstruos no existen; la imaginación de los niños contiene muchas cosas que no pertenecen al mundo real. ¿Lo saben los niños?
Es una ilusión sombría, una figura alta cuya piel es pálida como la de un cadáver; su cuerpo musculoso es sin embargo delgado y enjuto, y viste su torso sólamente con una especie de lazo de cuerda unido a los raídos pantalones negros y a los gastados guantes del mismo color. Le cae la larga melena lisa y negra como una cascada desaliñada, tapando parte de su rostro y dejando entrever tan sólo unos ojos, que refulgen con un brillo inhumano.
Si hubiera sabido hablar y se lo hubiese contado a sus padres, le habrían dicho que se durmiese, que no era más que una imaginación...
Pero la imaginación extiende sus manos enguantadas hacia adelante, y un aullido rompe la noche junto con un trueno que hace retumbar los mismos cimientos de la casa. El cielo arde, un claro entre las nubes de pronto deja entrever el círculo plateado de la luna; hay un destello rojo, un segundo grito, y el sonido claro y fuerte de los cristales desparramándose por la habitación.
Cuando los Awlser suben a toda prisa las escaleras de madera que crujen bajo sus pies, encuentran las cortinas volando al son del viento y el agua que entran a raudales en la habitación, las pequeñas sábanas de la cuna vacía agitándose, los cristales esparcidos por el suelo.
Sólo una mancha de sangre junto a la ventana...
Y el silencio desesperanzador de la noche roto por el grito de angustia de una madre.
Una sombra que hace palidecer a la noche corre, huidiza, por las desiertas calles de la ciudad; un torrente de agua cayendo sobre ella, los truenos ahogando los gritos y llantos que emite el bulto dentro de su saco de esparto manchado de la sangre que mana libre de su mano cortada y magullada por los cristales. Sus ojos rojos fulguran contra la oscuridad mientras busca el camino del bosque, y los perros rompen en ladridos a su paso; los gatos bufan, los caballos se encabritan, y los niños callan como lo hacen los humanos, no sea que la suerte del pobre desgraciado que gime vaya a ser la suya.
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