Pueblo de Aárch, Descripción
Guardian
Posted: Sep 5 2007, 04:17 AM


Cry for the Moon


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El pastor alzó la vista hacia el horizonte, con una mano sobre los ojos para protegerlos del brillo del Sol de la media tarde. Veía a lo lejos la inconfundible silueta del torreón de la antigua Iglesia de Númen, ahora poco más que una ruina en la que sin embargo todavía se conservaban las campanas.

Señaló en aquella dirección con el dedo, volviéndose hacia los dos extraños que tenía detenidos ante sí.

- En aquella dirección. - dijo. - Yo no voy mucho por el pueblo, pero procuro no perderlo nunca de vista. No tiene pérdida, veréis la torre, y si tardáis en llegar, también la oiréis.
- Os lo agradecemos de todo corazón, amigo. - dijo Astraedh, practicando una vaga reverencia. - Nos internamos en vuestras tierras siguiendo el vuelo de un corzo y no supimos regresar al camino.

El hombre posó sus dos grandes manazas sobre el cayado que sostenía, mirándoles con un poco de recelo.

- No queréis encontraros con la gente de la capital, ¿Verdad? - siguió enseguida, sin dejarles contestar. - No os preocupéis. Lo que hay en Aárch apenas puede llamarse guarnición. Si no llamáis la atención ni siquiera os molestarán.

Hécate y Astraedh se miraron un instante.

- Bueno es saberlo. - dijo el anciano. - ¿A qué es éso debido?
- Estamos lejos de Drôhë. - dijo el pastor. - La emperatriz no tiene la mano tan larga como para llegar a todos los rincones del Imperio. La gente de aquí no le dá problemas, y ella no nos los dá a nosotros.
- Ya veo.

Reanudaron el camino tras una breve y poco efusiva despedida, quizás un poco receloso tanto Astraedh y Hécate del pastor, como al contrario. Aún permanecieron un rato en silencio, después de alcanzar el camino.

Frente a ellos se alzaba un grupo no muy grande de casitas, en un estado sorprendente de conservación para tratarse de un pueblo de Drôhë. Había un granero, y como el hombre había dicho una iglesia, en cuya torre repicaron al cabo de un rato de camino las campanas marcando las seis de la tarde. Había un baluarte, o algo que podía decirse que se parecía a uno. Un edificio de piedra ancha, con aspecto de nuevo, que tenía un pendón con la insignia de Drôhë a cada lado de la entrada. Pero no había nadie guardándolo, ni signos de que hubiese guardias en las inmediaciones. La gente se afanaba en sus tareas, y en general el ambiente que encontraron les pareció incluso irreal cuando pensaron en el país en el que todavía se encontraban.

- Debe ser el influjo selí. - murmuró Astraedh. - Éste lugar no está tan lejos de Sellëssa.
- Me parece increíble. - sin embargo, Hécate sonreía. - Estoy segura de que no vas a encontrar una de tus posadas de mala muerte en éste lugar.
- Todo se andará, chiquilla, todo se andará. - replicó el anciano. - Mira; ahí está la guarnición. Pacífica, como ha dicho nuestro joven pastor.
- Pastor. - repitió ella. - ¿Ése hombre? Sabía de la política del Imperio. A mí no me ha parecido un...
- Pastor. - le cortó Astraedh. - Era un pastor, Hécate, no te confundas. Verás; estoy bastante seguro de que hace unos años ése hombre pudo haber sido un rebelde, quizás un sufridor más de las calles de Nehevedra o un esclavo de la Emperatriz, pero ahora no es más ni menos que un pastor.
- ¿A qué te refieres?
- Me parece que mucha gente de éste lugar apreciará sin lugar a dudas que no se mencione el pasado en ninguna charla que se tenga. - siguió. - Parece el tipo de sitio, lo suficientemente lejos de la miseria del Imperio, para que quien tiene un poco de suerte venga y rehaga una vida de la que quizás no quiera volver a oír hablar.

La muchacha lo comprendió. Incluso miró a las personas, sonrientes en su mayoría, que se desplazaban de un lado a otro de la pequeña plaza que tenía el colectivo de casas por centro. Una mujer que accionaba la roldana de un pozo le devolvió la mirada, casi como un saludo, con una sonrisa que invitó a la aprendiz de Astraedh a imitarla.

- No me molestaría quedarme aquí un tiempo. - dijo Hécate.
- Seguro que nuestro pastor pensó lo mismo cuando llegó. - respondió el anciano. - ¡Pero bien! Tengo trabajo, chiquilla; así que si me disculpas, podrás curiosear en el pueblo tanto como quieras mientras yo imploro al Cielo para que ponga en mi camino una de mis posadas de mala muerte.
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